EspiritualidadEdición Semanal
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Cuando siento que el destino es implacable no logro ver los hechos en su exacta dimensión y me exaspero. Necesito sosegarme, encontrar la serenidad perdida, acercarme al faro de la sabiduría y confiar.

Es la hora de conectar la mente y el corazón, comprender, construir y sembrar con paciencia. Es el momento de escuchar sabios consejos, sanar viejas heridas y obrar con un espíritu tranquilo.

No puedo caer en la tentación de las soluciones fáciles ya que las buenas metas piden un compromiso constante. Lo que es valioso no llega regalado y sólo con voluntad y disciplina tengo presagios afortunados.

Serenidad
Si no me rindo, el árbol que en invierno parece muerto, reverdece y llegan nuevas primaveras. Creo en mi mismo, confío en Dios y, con renovada esperanza, tendré ímpetus para seguir mi camino y cumplir mi misión.

Soy bienaventurado cuando creo espacios de recogimiento y meditación para repensar mi vida y cargas baterías. Puedo imitar al  sembrador que estudia el suelo y el clima para programar su próxima siembra.

Examino con sagacidad las circunstancias y tomo decisiones oportunas, consciente de mis dones y mis límites. Con una actitud sapiencial puedo juzgar, decidir con serenidad y buscar lo mejor para mí y los demás.

Vivo alerta y despierto como el caminante que, al ver la escarcha, sabe que se puede convertir en  hielo. Por eso me cuido y busco ayuda ante los primeros síntomas de desfallecimiento.

Recogimiento
Recuerdo que a veces es bueno alejarse para ver mejor. Así hacen los pintores cuando miran una obra. Si sé aquietarte no sufriré un derrumbe de la esperanza y veré como los lugares oscuros se inundan de luz.

Los tiempos difíciles crean confusión y se deben encarar con paciencia, prudencia y confianza. De mi depende convertirlos en algo positivo y vencer el desaliento con mis fuerzas internas y exteriores.


Con Dios y con su amor me mantengo firme en mis propósitos y no me dejo doblegar por la incertidumbre. Cuando creo y tengo tesón, los obstáculos no son insuperables, y la tempestad no me asusta.

Saco lo mejor y con firmeza, fe y coraje saldré adelante y disfrutaré días de calma. En mi está la capacidad para aceptar con serenidad lo que vivo y conservar una visión clara de los hechos.

Paciencia
Cuando acepto algo lo transformo, supero el desánimo y salgo de un estado de perplejidad que paraliza. Aunque todo parezca conjurarse contra mi, soy capaz de enfrentar cualquier desastre y así cambio la impotencia por acción.

Una urgencia de la vida es encontrar muchas razones para vivir dentro de mi, no fuera de mi mismo. Ponerlas fuera es bien riesgoso porque dependo de los otros y de realidades sobre las cuales no tengo control.

Por eso, voy a la esencia de la vida, y no levanto la frágil estructura de mi felicidad sobre motivos externos. Si lo hago me quedo sin salida y con el alma rota cuando un ser muere o se aparta de mi vera.

Sería como la señora que le decía a un siquiatra: “Estoy deprimida porque mi esposo murió y mis dos hijos ya viven fuera”. Otros piensan en el suicidio al dejar un cargo, jubilarse, ante un revés económico o debido a una amputación.

Espiritu
Todo ellos se identifican con lo que no son y, al descuidar su alma, ferian la misma vida. Ojo, no soy un cargo, ni un cuerpo; soy un espíritu de paso. Cifro mi felicidad en amarme y amar, no en realidades efímeras.

Soy un prodigio creado por Dios y hoy le doy gracias recordando algunas maravillas de mi cuerpo:

- Cada 5,45 centímetros cuadrados de piel contienen 19 millones de células, 90 glándulas sebáceas y 652 sudoríparas.
- El  ojo tiene tanta agudeza que, en total oscuridad, podría ver la luz de una cerilla a 80 km. desde el pico de un cerro.
- Si me extirpan el 80% del hígado, lo que me queda funciona, y el órgano se reconstruye del todo en varios meses.
- Cada riñón tiene más de un millón de pequeños tubos. Si se juntan los de ambos dan una longitud de 64 kilómetros.
-  Las señales nerviosas viajan por mi cuerpo a velocidad fantásticas como de 322 kilómetros por hora.

Cuerpo humano
- Mi cerebro consume el 80% del oxígeno del cuerpo.
  Hay más datos pero estos bastan para que me valore, sienta a Dios y cuide más mi maravilloso organismo.

Cuando me critiquen seré paciente y pensaré bien qué aprendo de los agravios. Quien me ataca le hace un bien al Ego porque lo desinfla y me da la oportunidad de crecer en humildad y tolerancia.

No me conviene  buscar aprobación, sino aceptar que nadie quita ni aumenta un centímetro a mi estatura al gritarme enano o gigante. Soy lo que soy independientemente de los juicios agrios de los críticos o el almíbar de los aduladores.

No me envanezco con las alabanzas y perdono las calumnias y los juicios despectivos como lo hacía el genial literato danés Andersen.
Hoy nos suena absurdo, pero sus cuentos infantiles fueron recibidos en un inicio con severos juicios como este:

Critica
 “Son obras inadecuadas para niños y positivamente desfavorables para sus mentes”. Sin embargo Andersen no se dio por aludido y siguió adelante como lo puedes hacer, con gallardía y entereza.

Todos sabemos que un girasol busca la luz del astro rey y la sigue fielmente todo el día. Lo mismo hacen otras plantas y una de las más curiosas es la malva con sus hojas.

Las hojas de esta planta siguen la luz del sol y giran según lo hace esta al moverse en el firmamento. Lo realmente curioso es la reacción de las hojas de malva cuando el sol se oculta en su ocaso.

Tan pronto se pone las hojas se vuelven hacia el oriente por donde saldrá el sol por la mañana. Ojalá yo sea testigo de un fenómeno tan atrayente y, mientras lo viva sacaré algo bueno para mi vida.

Malva
Quiero animarme a buscar la luz y a irradiarla por doquier porque hay algunos que hacen todo lo contrario. Aunque esté azotado por el destino creo que el sol volverá a brillar y estoy atento como la malva a esperar la luz. Dios es mi Luz.